-¡Que sus microbios se aniden en tu mente!-
Susurraba aquel golpe repentino que agoniza al cuerpo.
Su suave tacto, su mirar, ese delicado caminar suyo,
invita constantemente a caer en la perdición del frenesí,
una locura, que oculta en sus entrañas al más místico poder.
Un poder capaz de acrecentarse, de magnificarse,
de llevarnos a la más sublime de las glorias
o al más tormentoso de los infiernos.
Sus silencios crecen como musgo en la humedad,
carcomen nuestras ilusiones como gusanos a un par de cadáveres
que en su esplendor dejaron fugar las mejores oportunidades.
¡Que sus microbios se aniden en ti
y te carcoman lo podrido del alma,
aquello que nos hace perdernos!
¡Que sus microbios se aniden en ti
y que te enfermes de amor!
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